¿Ha muerto Dios? Esta es la pregunta que vamos a tratar
de responder en este trabajo. El Dios del que hablamos aquí es el Dios de las
sociedades tradicionales, ese mismo ente divino que interfería en las vidas de
las gentes. ¿Ha muerto ese Dios? No, se ha transformado en una nueva entidad;
los mercados neoliberales. Tres aspectos nos permiten afirmar esta última
afirmación; comparando el papel que ocupaba Dios en las sociedades
tradicionales y el papel que ocupa el mercado en la teoría neoliberal, representado
por el pensador austriaco F. A Hayek, intentaremos demostrarla.
El primer
punto que queremos investigar es como en las sociedades tradicionales, Dios,
era, el fundamento y origen de las leyes morales y jurídicas. Si pensamos en
como describe la Biblia el momento en que Moisés aparece ante el pueblo de
Israel con las dos tablas de la ley hebrea, este punto es evidente. Moisés
había pasado 40 con sus 40 noches en el monte Sinaí donde Dios le confió la ley
judía. Vemos como, según la Biblia, es la Divinidad el origen de las leyes. Por
su lado Agustín de Hipona, sitúa la causa del bien, del bien moral, en el
propio Dios; cuya perfección le convierte en la suprema bondad. Actuar
siguiendo los principios morales, es para Agustín seguir las leyes de Dios, siendo
el mal una desviación en el camino hacia la propia Divinidad, causa esta
situación del mal o el pecado, términos prácticamente sinónimos para el santo[1].
Tanto Agustín como en el Éxodo encontramos la visión de un Dios causa tanto de
la ley jurídica como de la ley moral, pero si tenemos en cuenta que las leyes
jurídicas derivan de un juicio moral, podemos aventurarnos a afirmar, que
también en el Éxodo, como en la formulación agustiniana, Dios es causa de la
ley moral. No hará falta añadir que estas leyes dadas por la Divinidad se
transmitirán de generación en generación, asegurando así, la perpetuación de
esa moral tradicional
En la visión neoliberal de Hayek no es Dios
quien establece las leyes morales, sino el mercado. Siguiendo la estela del
liberalismo tradicional, Hayek concluye que las normas morales son fruto de un
proceso evolutivo, las normas que tenemos y que regulan nuestra conducta son
fruto de un proceso de selección social por el cual nos hemos quedado con las
que más nos convienen[2].
Parece pues que no hay punto de contacto ni similitud posible entre la visión
tradicional del origen de la moral y la visión neoliberal, pero debemos tener
presente que este juego evolutivo al que nos referíamos, es un modo de
reducirlo todo al juego del mercado que determina siguiendo patrones
arbitrarios cuáles serán las leyes morales de una sociedad. Estas leyes,
fijadas por el mercado, serán transmitidas de generación en generación,
perpetuando así la sociedad liberal o sociedad libre, como Hayek la denomina[3].
La similitud en este punto es bastante clara,
en las sociedades tradicionales, una entidad abstracta, situada por encima de
los hombres, en este caso Dios, fija unas leyes morales con el objetivo de
regular la convivencia entre los humanos. Por otro lado, en el neoliberalismo,
otra entidad abstracta, el mercado, que también está por encima de los hombres,
fija unas leyes morales que garantizan las libertades y la convivencia entre
las personas. Así pues, vemos como en ambos casos, el margen de actuación del
individuo humano es bastante escaso, se limita a aceptar lo que viene de Dios o
del mercado, de lo contrario no podría vivir entre los hombres pues el resto lo
consideraría como una amenaza; un hereje o un antisistema[4].
El segundo
punto en el que nos gustaría reparar es en como Dios en las sociedades
tradicionales, o el mercado en el neoliberalismo, es la causa de la sociedad y
el Estado. En las sociedades tradicionales Dios era la causa del Estado y la
civilización. Los reyes justificaban sus privilegios y su corona por el derecho
divino y Santo Tomás asegura que la naturaleza del hombre lo inclina hacía la
sociedad política. Para Tomás de Aquino el hombre es un animal político que
necesita de la sociedad para la realización completa de su naturaleza y esta es
la causa de las sociedades humanas, como son la familia y el Estado[5].
Ahora bien, resulta que el hombre es una creación de Dios, por tanto también lo
es la naturaleza humana. Por tanto, si la naturaleza humana es causa del Estado
y Dios es la causa de la naturaleza humana, Dios es el responsable indirecto de
la sociedad, por tanto también del Estado pues esta sociedad necesita de
alguien que la encabece hacia su fin; la realización del hombre como animal
político, el Estado, es el medio de lograrlo[6].
En el neoliberalismo la sociedad también es
fruto de la naturaleza humana. El hombre es visto como “homo oeconomicus” un
sujeto maximizador de placeres que necesita de la sociedad para lograr sus
objetivos. Según la visión neoliberal de Hayek los humanos se agrupan en
sociedades para la correcta realización de sus propios fines y dado que se
requiere de un poder coercitivo que limite las ansias de placer de los
individuos para mantener la libertad, la necesidad da pie al Estado. El Estado
es para los partidarios del credo neoliberal una institución accidental, que
surge de la pura necesidad. De este modo, la sociedad es fruto del mercado
puesto que este suministra los placeres que el individuo busca y a su vez, esta
sociedad que el mercado ha creado, establece al Estado para que la sociedad no
acabe con la libertad del mercado, es decir, el Estado es de nuevo un medio
para la consecución del fin del hombre; la maximización de los placeres[7].
Los puntos de encuentro entre sociedad
tradicional y neoliberalismo son que la sociedad es fruto de la naturaleza del
hombre; por un lado tenemos a un animal social que necesita de los demás para
lograr sus objetivos vitales; por el otro, tenemos a un sujeto maximizador de
placeres que también necesita de la sociedad para lograr sus objetivos; en
ambos casos la necesidad lleva al establecimiento de la sociedad y con el fin
de salvaguardar esta al establecimiento del Estado y su gobierno. Aunque no se
puede decir que Dios o el mercado sean la causa directa de la sociedad o el
Estado, sí que podemos asegurar que estas instituciones son su causa indirecta;
Dios es la causa de la naturaleza humana según el credo tradicional, por tanto,
la causa de que este se agrupe en sociedad y cree las instituciones del Estado.
El mercado no es el padre del hombre, pero es el medio que este tiene de lograr
sus objetivos, por tanto el hombre necesita del mercado y a su vez de la
asociación con sus congéneres; la sociedad y para garantizar el correcto
funcionamiento de esta, se instituye el Estado, que velará por el cumplimiento
de las leyes y los pactos en uno y otro caso.
El último
punto de esta comparación es el que nos presenta al regulador del poder. En las
sociedades tradicionales era Dios el que limitaba este poder de los hombres. La
tradición cree al ser humano como un ser finito y esto causa su imperfección,
por ello Dios, se ve obligado a actuar en múltiples ocasiones para acabar con
la soberbia humana. Como ejemplo de esto puede servir la historia bíblica de la
Torre de Babel. Los hombres tratan de construir una torre tan alta que pueda
alcanzar el cielo y llegar así a Dios, pero este castiga esta soberbia
sembrando la confusión lingüística entre los hombres, dando así nacimiento a
las diferentes lenguas y pueblos de la tierra, dejando la Torre de Babel a
medio hacer[8].
El relato bíblico nos muestra como es la Divinidad la encargada de limitar el
poder del hombre, es como un padre que vigila al niño para que este no meta los
dedos en un enchufe o salte desde demasiado alto. No es extraño que muchas
veces los hombres se refieran a esta Divinidad con el apelativo de “Dios
padre”, no solo por ser Dios el creador de la humanidad, sino porque como un
padre, vigila a sus hijos. Una sociedad tradicional confiará a Dios y no a su
mente humana y falible sus proyectos y la dirección del Estado, garantizando
así la libertad. San Agustín al establecer la ciudad de Dios, nos muestra como
una sociedad cristiana, que se dedica al cultivo del alma y que está regida por
la Divinidad hacia la Divinidad, se alejará de las concupiscencias, logrando
así la libertad que solo se puede encontrar en Dios[9].
La visión neoliberal substituye al Dios
tradicional por el mercado como ente regulador de los excesos. La visión del
conocimiento humano de Hayek, muestra también a un ser limitado; el
entendimiento humano no puede conocerlo todo, por ello cualquier pretensión de
controlar y regular la vida política u orientar los esfuerzos de las sociedades
hacía un fin concreto, cosa que Hayek denomina “constructivismo”, están
condenados al fracaso, dado que el ser humano es incapaz de comprender y por
tanto de regular todos los factores sociales[10].
El resultado de estos intentos constructivistas, es siempre, la servidumbre[11].
Con tal de impedir estos excesos, esta soberbia o arrogancia, el mercado se
presenta como un ente regulador tanto del poder individual como del poder
público. Una sociedad liberal, correctamente trazada, depositará en el mercado
su suerte, sin recurrir a constructivismos, lo cual garantizará las libertades
individuales. Se sigue pues que el mercado es en la visión neoliberal el Dios que regula las conductas humanas[12].
La similitud en este punto es de nuevo
evidente; ambos modelos de sociedad, la sociedad tradicional y la neoliberal,
confían a un ente sobrehumano la custodia de la libertad y el bienestar.
¿Qué sucede
cuando los hombres abandonan a Dios en la sociedad tradicional y se vuelven
soberbios? Esto es considerado en estas sociedades un “pecado”, es decir, una
traición a las leyes de Dios cuyo resultado es la aniquilación. Caso
paradigmático de esto último son las ciudades de Sodoma y Gomorra, ciudades que
abandonaron las leyes divinas y como consecuencia, Dios, las arrasó con una
lluvia de fuego. Otro caso es el Diluvio Universal; como castigo a una
humanidad corrupta, la Divinidad anega el mundo con un diluvio de 40 días,
salvando solo a los más justos mediante el arca que encarga construir a Noé.
San Agustín por su lado, muestra como el destino de la ciudad de los hombres,
la que ha abandonado a Dios, es perecer consumida por el pecado y la esclavitud[13].
Abandonar a Dios es iniciar el camino para abandonar el mundo.
Algo similar sucede cuando se abandona el
libre mercado del neoliberalismo, entonces deviene el caos, la miseria y la
muerte de millones de personas. Según el neoliberalismo solo el mercado
garantiza la libertad, pues como hemos visto es él quien limita el poder del
resto de hombres, pero abandonar la economía de mercado lleva a fatídicas
consecuencias. El mercado es también el creador de la civilización, anularlo es
renunciar a esta y el precio a pagar es el colapso de la sociedad, solo el
mercado puede abastecer a las sociedades modernas, más grandes que nunca, por
tanto el giro hacia el socialismo, y Hayek denomina “socialismo” a toda
pretensión de controlar estatalmente la economía, apareja la caída de la fuente
de suministros para todos. Puede que el mercado cree desigualdades, pero estas
son necesarias para el avance de la sociedad, hay que aceptarlas, intentar
corregirlas es dar un paso fatídico; el mercado, por tanto, la civilización,
necesita de las desigualdades, hay que soportarlas[14],
del mismo modo que en las sociedades tradicionales se deben soportar las
calamidades pues son “voluntad de Dios”. Desigualdad y calamidad, comportan una
recompensa, en el caso de las sociedades tradicionales en el más allá, en el
caso del mercado en el más acá.
Este último punto que hemos comentado
comporta una consecuencia inquietante. Si para garantizar el correcto
funcionamiento de la sociedad debemos regirnos a unas leyes dictadas por entes
abstractos, es necesario conocer estas. Sin embargo, este conocimiento no está
al alcance de todos; “la voluntad de Dios es inescrutable” lo cual implica que
debemos depositar el gobierno de los asuntos humanos en las manos de expertos
en “averiguar” esa voluntad divina. En las sociedades tradicionales estas
tareas de gobierno recaen en la persona del sacerdote, dando lugar a una
teocracia. El sacerdote conoce la voluntad de Dios, luego si la sociedad debe
guiarse por esta voluntad para no ser aniquilada, el sacerdote, es el único
facultado para ser el que porte el bastón de mando[15].
Otro tanto ocurre en el neoliberalismo, si es el mercado y sus leyes el que
garantiza el correcto desarrollo de la civilización, el que debe conducir a la
sociedad según las leyes del mercado es alguien que las conozca, es decir, el
economista[16].
El neoliberalismo bien podría defender un gobierno de tecnócratas.
Aparentemente, teocracia y tecnocracia no parecen asemejarse en nada, pero si
tenemos en cuenta que un sacerdote es un experto en la ley divina al igual que
el economista es un experto en las leyes del mercado, ambos son gobiernos
tecnocráticos.
Lo más peligroso de estos gobiernos
tecnocráticos que hemos mencionado es su carácter totalitario[17].
Su establecimiento se debe a la necesidad de conocer las leyes de Dios o del
mercado para regir conforme a ellas la sociedad, de lo contrario, se nos
asegura el apocalipsis. Podemos aventurar que estos gobiernos se establecen atendiendo
a criterios del bien común, cosa que deja al individuo totalmente desprotegido
ante la comunidad. Si las leyes de Dios, o del mercado, dictan que hay que
pasar por encima de ciertos derechos individuales, como el derecho a una
asistencia sanitaria igual para todos, para garantizar la estabilidad y
supervivencia del grupo, los poderes del Estado tecnocrático no tendrán ningún
inconveniente en liquidar al individual beneficiando con ello a la comunidad.
Los gobiernos tecnocráticos que fundamentan su autoridad en un ente superior
derivan fácilmente en totalitarismos; el nazismo puede ser un buen ejemplo de
ello; el ente superior era la nación alemana y para asegurar su supervivencia
se sacrificaron millones de vidas individuales.
Nos encontramos pues en peligro. Nuestra
libertad está en juego. El liberalismo que prometía tanto ha caído en el mismo
error que las sociedades tradicionales; ha convertido al Mercado en un nuevo
Dios. Si queremos salvaguardar nuestra libertad debemos bajar al mercado de los
cielos, proclamando el ateísmo, entendido este como ausencia de creencia en un
ser superior. Solo de este modo, solo bajando a los mercados de los cielos,
será posible recuperar la libertad del hombre y con ella salvaguardar la
democracia; solo si todos somos iguales, solo si todos somos libres, tendrá
verdaderamente sentido el voto, si seguimos caminando por la senda de la
teología del mercado lo perderemos todo. La filosofía debe encargarse de esta
tarea. Es misión del filósofo en estos tiempos, romper con esta tendencia de
deificación del mercado. Sin embargo, se debe tener presente siempre, que el
objetivo es bajar de los cielos los mercados, no acabar con ellos, pues sin
libre mercado se inaugura el camino hacia otro tipo de totalitarismo[18]. Guiarnos en estrecho sendero entre Escila y
Caribdis, entre dos formas de totalitarismo, es una de las principales tareas
que hoy por hoy, debe enfrentar la filosofía.
por: el hebreo de murviter
Bibliografía
-
ÁLVAREZ
TURIENZO, SATURNINO: El pensamiento
político de san Agustín en su contexto histórico-religioso. (aparecido en El
pensamiento político en la Edad Media. 2008. Ed centro de estudios Ramón Areces S.A. Madrid. Pags 41- 65)
-
ARANCIBIA
CLAVEL, JORGE: “Política, el aporte de Santo Tomás”. La Razón
histórica: revista hispanoamericana de historia de las ideas políticas y
sociales. Nº. 10, 2010.
Pags: 32- 41
-
BEUCHOT,
MAURICIO: “Santo Tomás de Aquino: del gobierno de los príncipes”. Revista española de filosofia medieval.
Nº,12, 2005. Pags 101-108
B. STENGER, MANFRED y K.
ROY, RAVI: Neoliberalis
[3] Ibid
[4] Entendemos aquí por “antisistema” como
aquél sujeto que está contra un sistema de normas sociales establecidos de
antemano, en este caso, contra el sistema de normas dictadas por la teoría
neoliberal.
[5] FORMENT, EUDALDO: Principios fundamentales de la filosofía política de Santo Tomás. (aparecido
en El pensamiento político en la Edad Media. 2008. Ed centro de estudios Ramón Areces
S.A. Madrid. Pags 93- 113
[6] Ibid
[7]
HAYEK
FRIEDRICH: Los fundamentos de la
libertad. Unión Editorial, Madrid,
1998
[8] TODOROV TZVETAN:
los enemigos intimos de la democracia. Galaxia Gutenberg, círculo de lectores.
Barcelona, 2012, utiliza el concepto de “hibrys” tomado de la tragedia clásica
para explicar este mismo concepto. En la tragedia griega Los Persas, el rey Jerjes, peca de “hibrys” al creerse por encima
de los dioses y por ello sus ejércitos son derrotados. Aunque el vocabulario es
diferente al nuestro la idea es la misma; un ente superior castiga los excesos
o la soberbia humana.
[9] SAN
AGUSTÍN: la ciudad de Dios. Tecnos,
Madrid,2007
[13] ÁLVAREZ
TURIENZO, SATURNINO: El pensamiento
político de san Agustín en su contexto histórico-religioso. (aparecido en El
pensamiento político en la Edad Media. 2008. Ed centro de estudios Ramón Areces S.A. Madrid. Pags 41- 65)
[15]
FORMENT,
EUDALDO: Principios fundamentales de la
filosofía política de Santo Tomás. (aparecido en El pensamiento político en la
Edad Media. 2008. Ed centro de
estudios Ramón Areces S.A. Madrid. Pags 93- 113 )
[16] C. B. MACHPHERSON:
La democracia liberal y su época. Alianza Editorial, Madrid, 2009 asegura que la
democracia neoliberal se reduce a votar cada cierto tiempo entre diferentes
partidos formados por tecnócratas.
[17] Entendemos aquí por “totalitario” aquel
gobierno que antepone los intereses del conjunto de la sociedad a los del
individuo, es decir, es totalitario aquel gobierno que para defender la
comunidad pasa por encima de los derechos del individuo particular.
[18] La supresión de la libertad de mercado
llevaría fácilmente a la dictadura comunista. En este punto coincidimos con la
filosofía de Hayek